miércoles, 29 de febrero de 2012

UN DÍA DISTINTO

Era muy temprano todavía. Llovía copiosamente. Me dispuse a salir y en ésas llegó una carta de mi hermana. Me invitaba para que la visitara en la Florida. Comencé a recordar los días de nuestra infancia.

Iba tan distraída pensando en mis cosas y en las de mi hermana, que se me pasaron dos taxis. Al fin logro subir a uno. El conductor, joven todavía, simpático, acata mi orden: “lléveme por favor al Edificio Antioquia”, “¿El edificio Antioquia?”, me interroga, le respondo “sí donde antes eran Rentas Departamentales”, “Bien”, me dice, pero siento que me mira fijamente por el espejo del carro. “¿Perdone señora, tiene algún problema?”. “No, es que estaba recordando el miedo que nos daba tanto a mi hermana como a mí, los historias de mi abuelo Juan”. “¿Eran muy crueles?”. “Ni tanto, solo que cuando éramos niñas nos daban mucho miedo, hoy comprendo que eran solo historias, pero que han dejado huellas”.”A mi también me llegan los recuerdos, ¿sabe?, interrumpe el muchacho; “mi madre me contaba muchas historias”, dice con nostalgia. “Ella cuando en las noches se me acostaba a la orilla de la cama, me contaba historias de fantasmas”. Recuerdo que mi abuelo también nos hablaba de fantasmas. Siguió hablando. “¿Recuerda alguno en especial?”. “Sí, no hay nadie que no haya oído hablar del río Cauca, y de los espantos que aparecen en sus orillas y siembran el terror entre los pescadores. Decía mi abuelo Juan, hace mucho años apareció a todo lo largo del río, un hombre con un sombrero inmenso tragado hasta las cejas, a quien empezaron a llamar el sombrerón. Este hombre salía de noche envuelto en una capa negra, negrísima y corría por las orillas del río, como alma que se lleva el diablo.
Al sombrerón le salían gritos azules de la boca y de los ojos le salían chispas amarillas. Al lado y lado del río, nadie pudo volver a dormir con tranquilidad. Los pescadores no volvieron a pescar de noche, y entre los vecinos de los ranchos se hablaba del Sombrerón, como de un castigo del cielo”. “Mi madre me decía”, interrumpe el muchacho. “el sombrerón se le robó una camisa nueva a mi tío Francisco y una noche se había llevado al más pequeño de los hijos de mi tío Pedro”. De repente mi mente viajó a un lugar apartado de verdad, a una casa muy grande, vieja, toda pintada de blanco, con puerta metálica amplia. Con muchas habitaciones, todo muy limpio. En todo el ambiente hay frondosos árboles que dan la sensación de calma, de tranquilidad, escucho los pájaros, veo un lago con tortugas y ranas, contrario a todo lo que hay en ese mundo adentro de cada persona. Me devolví al pasado.

Recordé la casa del pueblo, así, grande, poblada de árboles y nutrido jardín, cerca del viejo Toño, el viejo alegre que cantaba todas las noches con su acordeón todos esos ritmos alegres que nos hacían bailar, mezclados entre el calor, las velas y el viento. Recordé también aquella tarde cuando estábamos dando un paseo y llegaron al parque esos personajes que tanto miedo le dieron a mi única hermana. Ella corría tras una pequeña moneda que se le había caído a ese viejo malhumorado y gruñón, el carnicero del pueblo, pero mi hermana quería tenerla, tal vez para comprar un dulce, y corrió y corrió tras la moneda. Travesuras de niña, sin duda.
Y se alejó tanto que se perdió en medio de la espesura del bosque y cuando la encontré asustada me dijo que se había encontrado con una mujer que vestía una túnica raída y sucia, de rostro cadavérico, ojos rojos por el llanto, greñuda y con un niño muerto en sus brazos. Recordé que mi abuelo nos habló de la Llorona, que era una mulatica quinceañera despabilada y sabrosona ella... Habiendo tenido un hijo por artes conocidas de todo aquel que las supiere y no sabiendo que camino tomar para no desmerecer ante los ojos de los suyos, decidió ahogar la criaturita una noche de luna. Llegó a la orilla del río y, en un remanso, dejó caer al inocente hijo. Víctima de su remordimiento regresó al poco rato a buscar al hijo de sus entrañas. Y como loca recorría las orillas del río tratando en vano de encontrarlo. Desde entonces en las noches de luna se oye la voz de la llorona que grita y se lamenta buscando afanosamente a su hijo mientras dice: Aquí lo eché, aquí lo eché... ¿en dónde lo encontraré?. Era ese personaje que mi hermana se había encontrado, sin duda.

Una voz fuerte me devuelve al presente, me dice, “Ya llegamos señora”. Hice esfuerzos para ubicarme. “¿Sí gracias, cuánto le debo por la carrera?”. El solo recorrido hacia el ascensor me puso tensa. Llegué a mi oficina. Me sentía desorientada y triste. No me había pasado antes, esto de estar entre la realidad y la ilusión, entre el presente y la ausencia, duele, marea. ¿Qué hacer? ¿Quién me ayudaría en mis miedos, en mis silencios, en mi tristeza?.
Me dirigí a mi escritorio. Recordé nuevamente lo sensible que soy, que me duele mucho el mundo, los niños, la injustica, el hambre, pero los combato con mi música, mis flores, mis escritos, mi esperanza. Siempre he sido muy sola, pero eso no riñe con mi alegría.

Decidí salir de mi oficina. Caminé un rato, como reconociendo el espacio; son los lugares comunes que uno comparte día a día, nada de novedoso vi a mi alrededor. Las mismas cosas, rostros semejantes, variedad de colores que atraviesan lado a lado. ¿Será esta rutina la que me tiene tan desubicada?, ¿Por qué recordar esas historias me ponen mal?’. Entré a la cafetería que tanto me gusta. Don Jorge, saludable como siempre, preocupado por sus clientes, me reconoce. Vino enseguida a preguntarme qué me ocurría. “¿Se siente mal?”, me dice en voz baja, casi en susurro de un pecado, “qué le pasa, usted tan educada, tan bien puesta, sin problemas, con su buen trabajo”, se rasca la cabeza. “Pero así son las cosas, uno cree que las personas como usted no tienen problemas” Y luego me dice otro compañero de oficina que también tomaba café. “Yo entiendo la turbación suya. Pienso en tanta solemnidad que manejamos en la vida”. Y, remata don Jorge: “es que nosotros la habíamos visto rara estos últimos días”.Quedé en silencio degustando mi café y descansando un poco. Creí que me iba a levantar como nueva, después de este descanso, pero no, las emociones pesan y ayer fue un día de muchos contrastes, de mucho desgaste.

Regresé de nuevo a mi oficina, recorrí el largo y amplio corredor. Un olor a sándalo se desprendía de su interior, es la sensación de alivio. Esperé un buen rato. Comencé mis labores como de costumbre, seguí en mis investigaciones, manejando pruebas, untándome de hechos pasados, y recuerdos frescos de los dolientes, sentados en un presente en ocasiones confuso para ellos, ese es mi trabajo: investigar, descubrir, escudriñar qué pasó con alguien, con rostro o sin él, dónde quedó perdida su existencia, su memoria, su huella.

En la noche al llegar a mi casa, me sentí extraña, un suave estremecimiento sacudió mi cuerpo, me puso alerta, percibí como si alguien me siguiera y, de pronto, pude observar delante de mí y con brutal contundencia un rostro viejo, cansado, de ojos azules, muy azules, de pobladas cejas; me miraban, no dejaban de mirarme, colgados en una pared…

No hay comentarios:

Publicar un comentario